Me gusta leer la palabra de Dios. Nada más intenso que tratar de comprender un verso que, con sus imágenes, se asemeja a un océano que me invita a sumergirme. Muchas veces esas palabras llenan mi alma de serenidad y calma; en otras ocasiones la revuelven con energía para que se despierte con entusiasmo ante las situaciones de la historia. Por esta razón me gustan los salmos. Son poesía y oración. Sus imágenes tan distantes culturalmente a veces de nosotros quieren provocar emociones espirituales en nuestra relación con Dios.
Cuando tengo miedo ante la incertidumbre que generan tantas situaciones que no puedo controlar, cuando creo que los problemas no los voy a poder resolver, o cuando me siento perseguido y agobiado, voy a los salmos a buscar que sus metáforas me hagan sentir el consuelo, la seguridad, la protección y la valentía de Dios que requiero para seguir.
Repito, por ejemplo, el inicio del salmo 91, que aprendí de memoria desde niño: “El que vive bajo la sombra protectora del Altísimo y Todopoderoso, dice al Señor: «Tú eres mi refugio, mi castillo, ¡Mi Dios, en quien confío!» Sólo él puede librarte de trampas ocultas y plagas mortales, pues te cubrirá con sus alas, y bajo ellas estarás seguro. ¡Su fidelidad te protegerá como un escudo!”. Algunas imágenes son tiernas, por ejemplo: nos protege como un ave a sus polluelos, dándonos el abrigo y el calor que necesitamos para no desfallecer ante el temblor del miedo. Otras son nacidas en la guerra, y entonces enfatizan la fidelidad de Dios, que nos asegura que saldremos vencedores porque él nos escuda.
Estas palabras no me resuelven nada mágicamente, pero me provocan emociones que se traducen en actitudes de optimismo, de seguridad, de ánimo, de fortaleza y sobre todo, de confianza en que todo saldrá bien. Cuando las medito y oro, son fuente de certeza en medio de todo.
Creo que ese es el poder de la espiritualidad. Recordarnos que la vida tiene sentido y que la estamos haciendo con nuestras capacidades y habilidades detrás de un propósito trascendental, que todo siempre pasa y que, aunque no lo creamos, celebraremos por lo que ahora nos hace sufrir. No es una acción que viene de afuera y nos deja sin control, sino que emerge desde nuestra esencia de criaturas, y manifiesta toda la fuerza de nuestro creador, en medio de nuestra conciencia y de lo que somos capaces de hacer.
Tengo la certeza de que siempre todo saldrá bien, que lograremos superar toda dificultad y que no estamos desamparados en esas lides diarias. Confío plenamente en el amor de Dios que nos acoge, sana, restaura, empodera e impulsa a vivir de la mejor manera posible. Son salmos de la vida que siempre deben provocar los propios salmos de cada uno de nosotros. La espiritualidad es esa dimensión que nos permite captar la vida en su totalidad.
Columnista: Sebastián López Alzate